reconoce sus orígenes

SUNIPIKAUSANI (El que vive lejos)

Rescate Cultural

Publicado: 2014-07-04


Esta es la historia de mi viaje a un lugar donde se puede llegar caminado o sentado escuchando los latidos del corazón. Un lugar cuyas verdaderas coordenadas te conducen al origen de la vida. Un lugar invisible, cubierto de nubes que no dejan ver a los satélites, desde el cielo. Y una selva fecunda que lo cubre desde la tierra.

Un lugar donde para llegar tenemos que construirlo en nuestro corazón antes de empezar a caminar.

No es un lugar de silencio, sino de mil voces que hablan sin parar sobre el origen de la vida. Este es el origen de nuestra vida, de nuestra identidad, este es el camino que Dios designo para el nacimiento del Cumbaza.

Estando ahí se puede escuchar su voz en todos los idiomas (cada uno la escucha en el idioma de su corazón) y Yo estuve ahí para escucharla.

Esa noche mientras descansaba, también sentí con profunda pena como este lugar sangraba. En el “friaje” del amanecer sentí su herida drenar. ¿Dónde está? ¿La puedo cerrar? ¿Puedo evitar que siga sangrando y este lugar muera? Me preguntaba mientras buscaba la herida… Al final la encontré. Estaba debajo de las tablas de la plataforma del primer piso del mirador. Abiertas regando basura, más de una docena de bolsas grandes esparcían su fétido contenido. Era una señal de muerte. Una muerte que podemos evitar si nos unimos.

Dios nos dio los ríos para que vivamos. Son fuentes de vida que serpentean por la selva abriéndose camino. Vistos desde el aire los ríos parecen serpientes, por eso los antiguos simbolizaban a la madre del Cumbaza como una gigantesca serpiente que alguna vez vivió en Sunipi Kausani.

Cuenta la historia que la madre del Cumbaza bajó una vez hace muchos años, para castigar a los hombres que sin respeto ni compasión, venían matando los animales y extrayendo sin control los frutos de la selva. Bajó como un poderoso torrente de agua que arrasó con todo (inclusive el pueblo de San Roque, algunos vecinos dicen que la vieron bajar en 1931 en la gran inundación). La gigantesca serpiente desapareció en las aguas del Cumbaza, pero dejó en Sunipi Kausani a sus dos hijos ( las 2 grandes caídas que podemos apreciar en el lugar)

Dios habló a través de la montaña. Nos habló desde antes de dar el primer paso hacia Sunipi Kausani ( en quechua el : el que vive lejos). Nos buscó a cada uno en sueños, en nuestros deseos y expectativas. Nos juntó de manera mágica. Y nos puso en camino en representación de toda la humanidad, para recibir un mensaje que no podríamos callar. Que tendríamos que compartir con todos los que nos encontremos en el camino de la vida

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Vine desde Lima a terminar un proyecto de Rescate Cultural. Este incluía la visita a Sunipi Kausani o Toroyaku (como otros la llaman, yo prefiero largamente el primer nombre). Estaba al tanto de confusas historias donde por diversos motivos, entre mágicos y climatológicos, muchas personas no lograban el cometido de llegar a este lugar. Los antiguos decían que no se le debía visitar sin preparar el cuerpo y el alma. Y a pesar de estar preparado había que ver si Sunipi Kausani te elegía para que llegues. La persona no elegida era recibida con una terrible niebla y una fuerte lluvia que no le permitían llegar. Si insistía podía haber un accidente fatal. Otros dicen que cuando llueve en ese lugar, se escucha el aterrador bramido de un toro que obliga a esos grupos a retirarse para no sufrir daños.

¿Me elegiría a mí y a mí grupo?

Desde mi llegada las posibilidades de realizar el viaje oscilaron entre la segura realización y la cancelación. Por momentos todo el proyecto, parecía ponerse en duda.

Todo estaba muy cargado de angustia, hasta que finalmente pude descifrar las señales. Las fallas de coordinación en el alojamiento, los rituales de ayahuasca de otros que venían buscando el camino, la deserción de dos posibles guías y el clima cambiante, me ayudaron a entender que debía ponerme en las manos del Señor. No me opuse más, dejé de preocuparme y me resigne a esperar los designios del cielo. Sólo cuando así lo hice y me dediqué desinteresadamente a contribuir con los proyectos de otros, fue que las cosas se fueron aclarando.

De compras en Tarapoto para armar un equipo de supervivencia para los jóvenes de COGETUR, me encontré con Bree, una guardabosque y experta escaladora canadiense, que había conocido en mi viaje anterior. Cuando la conocí se interesó en la travesía a Sunipi Kausani pero por motivos de trabajo no le fue posible participar en ese entonces. Después de saludarnos e intercambiar unas palabras en inglés, insistí en mi invitación anterior, esta vez sorprendentemente me dijo que tenía el tiempo y estaba dispuesta a acompañarme. Que estaría en la noche en San Roque y me visitaría en “Chirapa Manta”, donde me alojaba, para confirmarme su participación y ver los últimos detalles. Me alegró su respuesta, la posibilidad de conocer Sunipi Kausani estaba más cerca. Quedaban menos de 24 horas para que llegara el último día en que podíamos partir (fechas de pasajes y compromisos de trabajo, limitaban nuestro calendario) cuando recibí una llamada telefónica de Rodrigo, coordinador del proyecto, para avisarme que ya teníamos un guía local dispuesto a ir. Todo había ido calzando de manera casi mágica y ahora estábamos listos para partir, al menos así lo parecía.

Nuestro grupo de tres, estaba constituido por Álvaro: uno de los mejores caminantes de San Roque, que conocía bien la ruta. Álvaro hombre de familia nunca dejaba pasar una oportunidad de hacer un ingreso extra, menos tan cerca de Navidad. Álvaro es un hombre parco (de pocas palabras), de buen corazón. Amable pero poco comunicativo.

Bree, la canadiense, de 24 años, realizaba (por convenio entre universidades) una práctica profesional para graduarse de Administradora de Parques y Áreas Reservadas. Su trabajo había sido básicamente en aulas, con ninguna salida a la selva. Todo su ser estaba deseando caminar y conocer este nuevo entorno natural. Bree, además había estudiado periodismo y llevaba en su sangre el impulso comunicador. Su castellano iba mejorando y en el momento le alcanzaba para comunicar sus necesidades e inquietudes. Su corazón se preparaba para la decisión más importante de su vida, en Canadá había quedado un novio con el cual habían decidido tomar este período de alejamiento como la prueba final antes de decidir si compartirían o no, el resto de sus vidas juntos.

Yo un limeño de apellido inglés, explorador curtido, psicólogo social especialista en desarrollo sostenible a través del turismo y escritor de corazón. Venía a escuchar las historias de los antiguos, a llenar mi alma del espíritu de San Roque a realizar un proyecto de Rescate Cultural. Comunicador por naturaleza, disfrutaba de lo mejor de los dos mundos en inglés y castellano.

No fue hasta el final de la travesía que tomé conciencia que en este grupo de alguna manera estaban contenidas todas las posibilidades, de alguna manera estaba representada la humanidad…

Aunque con algo de retraso iniciamos nuestro recorrido temprano esa mañana. Cada uno con su perspectiva del viaje. Álvaro esperaba un viaje rápido sin demoras, que le permitiera estar de vuelta al día siguiente antes del medio día para cobrar y dedicarse con los suyos a los preparativos de las fiestas. Bree, dispuesta a demostrar su experiencia en travesías de aventura y su buen estado físico. Por mi parte, el deseo de hacer el trayecto con la más concienzuda recopilación de datos posible, debía marcar la ruta con mi GPS e informarme sobre los principales hitos de la ruta, para luego escribir un guión (esta expectativa se contradecía con la no manifiesta, pero presente de Álvaro). Cómo líder del grupo debía marcar el paso de los demás y procurar un viaje seguro.

Nos sorprendió la muy poca carga de Álvaro, no llevaba comida, no llevaba recipiente para el agua, no llevaba cobija. Parecía más preparado para una carrera que para nuestra travesía. Bree y Yo, nos quedamos muy sorprendidos cuando al preguntarle por esta supuesta sabiduría superior, descubrimos que él esperaba que nosotros le proporcionáramos lo que no llevaba. Esta pequeña confusión se resolvió sin dilación antes de la partida. Gustosos compartiríamos nuestra comida, no había posibilidad de compartir la protección del clima ya que dormiríamos en hamacas y repartimos un poco mejor las cargas. Fue entonces, que Álvaro nos pidió detenernos en su casa, donde se abasteció de algunas galletas y una manta muy ligera.

Además de mi equipo personal, me hice cargo de llevar un preciso equipo de ollas y cocina, lo que aumentó en algo mi carga. Bree llevaba lo justo, además de lo suyo, unas raciones adicionales de comida para compartir.

Álvaro llevaba el machete e iría adelante, Bree (haciendo honor a su nombre) iría al centro como un buen queso en el sándwich y yo iría cerrando filas.

Mejor organizados empezamos el viaje alrededor de las 7:30 am. En la primera hora de trayecto, encontramos en el camino algunos otros pobladores de San Roque que salían a laborar en sus chacras. Esto motivo el orgullo de Álvaro (reconocido caminante) que aceleró el paso para no dejarse adelantar por sus conocidos. Lo que le ocasionó un gran desgaste energía. Bajo mi recomendación Bree y Yo mantuvimos un paso constante.

Mis paradas se hacían continuas ya que debía marcar con el GPS cada desvío que pudiera confundir a los futuros guías (que llevarían mis mapas como elemento de orientación). Preguntaba a Álvaro por lugares, estaciones del año y especies de plantas. Gracias a Dios, él fue cediendo poco a poco a la generosidad de su corazón y comprendió que quizá este no sería el trayecto más rápido de su vida, pero si uno muy especial.

Yo me concentraba en mi paso, que lo determinaba mi carga y mi misión. Fue útil cuando después de algunas horas les permití a Bree y Álvaro pulsear mi mochila, aunque bien pensada y con lo estrictamente necesario, pesaba bastante más que las suyas.

La carga me obligaba a concentrarme en mi respiración e ir entrando poco a poco en un estado de meditación profunda. Un estado especial de conciencia de mí alrededor y de las señales de la montaña, a medida que nos íbamos acercando.

A medida que nos aproximábamos a Yuraktío, una sola piedra de 150 mts. de largo, tendida en el piso cual carretera, las rampas se volvían más exigentes. Bree bien equipada con un bastón mantenía firme su paso. Yo decidí que era tiempo de ponerme mis guantes de “clarino” (cuero sintético muy resistente a la abrasión y el corte) y poner en funcionamiento la 4X4. Es decir avanzar usando brazos y piernas. Maniobra que puede ser muy riesgosa si no se está atento a donde se coloca la mano. Álvaro paseaba su machete (mejor tenerlo y no necesitarlo que, necesitarlo y no tenerlo) que le servía de punto de apoyo en ciertos momentos.

Como geógrafo experimentado, llevaba un recuento de nuestra trayectoria en términos de orientación, desde varias fuentes. La observación del sol, mi brújula de pulsera y la brújula digital del GPS. Iniciamos nuestra marcha en dirección Norte y caminaríamos la mayor parte del trayecto en dirección Nor Oeste, Haríamos un pequeño viraje hacia el Sur Este al bajar de Hatun Rumi (piedra grande en quchua, similar a Yurktío pero de mayor longitud ,200mts. que conduce las agua hacia la catarata de Sunipi Kausani) para llegar a Sunipi Kausani y regresaríamos mayormente por el Sur para hacer un pequeño viraje al Sur Este y llegar finalmente a San Roque. Para el geógrafo y explorador que hay en mí, esta acción era casi un acto reflejo.

La ruta se hacía exigente, pero todos estábamos en buen estado físico y dispuestos a llegar. Fango, raíces, rampas exigentes y sofocante calor nos iban probando.

De pronto me di cuenta de una señal…Mi brújula de pulsera había desaparecido, sin que lo notara (se cayó en el camino). Y sin ningún aviso, perdí la señal de mi GPS. ¿Qué estaba sucediendo? Parecía que Sunipi Kausani, no quería que yo descubriera para el mundo su ubicación geográfica precisa.

Tuve que hacer marcas manuales, aunque precisas, serían incorporadas sólo cuando el GPS recuperara su conexión con los satélites (si la recuperaba). Habíamos pasado el desvío de la ruta directa desde la casa de Don Rosendo y nos acercábamos a la espectacular Hatun Rumi. Ahí nos abastecimos de agua purísima, como solo queda en pocos lugares del Perú (y el mundo). Continuamos y llegamos descendiendo a una pequeña catarata de unos treinta metros y ante la insistencia de Álvaro nos desviamos para verla. Valió la pena ya que es un lugar de bendecida frescura y gran belleza (cariñosamente durante el trayecto le llamamos las cataratas de Álvaro). Bree no perdía tiempo y llenaba continuamente su Camelbak (bladder para llevar agua). A pesar de ser extranjera y tener un estómago más sensible esta agua purísima, como era de esperar, no le causó ningún estrago. En estas temperaturas y bajo el esfuerzo al que estábamos sometidos no pasaban 40 minutos antes que volviéramos a sentir sed.

Estábamos descendiendo a Sunipi Kausani, cuando vimos delante de nosotros el camino roto, habíamos llegado al anunciado derrumbe. Este lugar condensaba en un solo punto de la ruta, todo el riesgo y esfuerzo que hasta ahí habíamos pasado. De pronto empezó a llover. Parecía que la naturaleza en pleno conciliaba en el deseo de mantener a Sunipi Kausani oculta para los grupos de turistas. Indudablemente mis mapas y mediciones abrirían el camino a más visitantes.

Me preguntaba si sería rechazado por la montaña en el último momento…

No pudimos impedir que nuestras cosas se mojasen por lo repentino de la lluvia y lo precario de nuestra posición. Álvaro planteó una forma de cruzar el derrumbe (caída casi vertical de unos 50 metros) que parecía incierta y altamente riesgosa. Me resistí inicialmente y propuse asegurarnos con algunas cuerdas de mi hamaca, las cuales quedaron cortas, desafortunadamente. La lluvia arreciaba y la tierra se convertía en barro. Álvaro se ofreció a cruzar primero solo. Después volvió por la mochila de Bree. Logró cruzar con gran susto. Con su machete, hizo peldaños en la pared del derrumbe para asegurar la ruta. Sujeté con mis sogas a Bree hasta donde pude y luego quedó en manos de su propia destreza y de la ayuda que Álvaro pudiera proporcionarle. Ella cruzó muy bien como conocedora de estas lides, que era.

Llegó mi turno y la tierra se convertía en agua bajo mis pies. Ideamos con Álvaro un tren de marcha. El iría unos pasos delante de mí, le alcanzaría mi mochila y yo avanzaría hasta el, sujetaría mi mochila, el avanzaría y luego se la alcanzaría. Fue así que logramos cruzar. Bree pudo tomar algunas fotos del cruce, que quedaran como testimonio de este álgido momento.

La lluvia cesó. Estábamos a unos pocos cientos de metros de nuestro destino. ¿Sería que la montaña nos había probado suficientemente?

Avanzamos a paso firme y finalmente llegamos. Ahí estaban imponentes como tres lenguas de agua dos con más de 100mts. de altura y una más pequeña ( de unos 50 mts.) las cataratas de SUNIPI KAUSANI. Lenguas que no paraban de hablar sobre la vida y que me revelarían tres mensajes que son los que me motivaron a escribir esta historia.

Una combinación de sonidos, aromas y frescor parecía premiar nuestro esfuerzo. Este sin duda, era un lugar mágico. Fue bueno dejarme llevar por la alegría y el goce de haber llegado y de compartir con mis compañeros este extraordinario lugar.

Sin darme cuenta me encontré mirando mi GPS ¿Habría recuperado su señal? Afortunadamente la había recuperado la y me indicaba una altura de 1251 metros sobre el nivel del mar. El clima iba a enfriar en la noche…

La subida al mirador no podía romper el “continum” de esfuerzo que nos había planteado toda la ruta. Era una colina gemela a la del derrumbe, pero con piedras macizas y grandes, que permitían un agarre seguro y buena tracción. En su cima había una construcción sencilla, de dos pisos con un techo de siamba. El techo parecía en buen estado. Y algunos visitantes anteriores a nosotros, con intención de volver pronto (como era costumbre, según nos explicó Alvaro) habían dejado arroz, petróleo y menaje en el segundo piso.

Una vez inspeccionado el lugar, mi experiencia me llevó a armar de inmediato nuestras hamacas e intentar encender un fuego para cocinar. Estaba cansado pero era fundamental para nuestro bienestar concluir con estas tareas.

Había comprado en San Roque una botella de alcohol cuya etiqueta indicaba el título de 96%, En este alcohol confiaba para encender mi cocinilla… Pasé una hora usando mis mejores técnicas para intentar encenderla, sin lograrlo. Algo que no solía tomarme más de un minuto. Finalmente concluí que el alcohol no era de 96% de pureza, no era ni siquiera alcohol, sino agua con un poco de alcohol, así nunca iba a encender.

Con el cansancio, empezó a aparecer el hambre. Sunipi Kausani nos seguía probando. El sol empezaba a ocultarse y no podía encender la leña mojada.

Reconocí que a pesar del esfuerzo no estaba en peligro nuestra salud, inclusive si no comíamos nada. El ser humano puede pasar hasta 3 semanas sin comer, pero no puede pasar más de 3 días sin tomar agua.

¿Qué es lo esencial y que lo accesorio? El agua es fundamental para la vida, pero no nos faltaba, Sunipi Kausani nos la daba purísima al igual que se la daba a todos los seres vivos pobladores del valle del Cumbaza. Este era el primer mensaje que pude reconocer...

Finalmente cerca de las siete de la noche usando algo de petróleo dejado por nuestros antecesores, encendimos el fuego y comimos algo (nuestra anterior comida había sido antes de la 7:00 am).

En el atardecer debe haber llovido en las alturas, ya que de cuando en cuando escuchábamos bramar a las cataratas. Era un sonido entre un trueno y el bramido de un toro.

En la noche el sonido de las cataratas se convertía en un dulce canto, que animaba a la conversación y la cercanía entre los seres vivos. Esa noche tuve una gran conversación con Bree, hablamos de su historia, de sus expectativas para el futuro, de la importancia de conservar la salud de los bosques, nos dormimos pasadas las 10pm.

Era cerca de la 1am cuando la temperatura descendió notablemente. Álvaro temblaba bajo su delgado cobertor, Bree se movía en señal de incomodidad y yo mismo sentía los estragos del frío ya que además de mi casaca de ripaloft (material sintético similar a las plumas de ganso) sólo había traído un ligero “sleeping de emergencia”, afortunadamente con un poco de ingenio pude resolver mi situación y estar mas cómodo.

Había una sensación de pérdida de presión. Era como si la montaña sangrara y nosotros la acompañáramos por unas horas desde nuestra sensación de frío.

A la mañana siguiente descubrí más de doce bolsas de basura que los visitantes a este lugar habían dejado sin respeto, ni compasión por la vida, ni a la conservación de la pureza del agua. Podía ser el comienzo del final. Entendí los relatos de los antiguos y me convencí porque este lugar no era para todos y que debía controlarse su acceso de manera continuada en el tiempo. Esto sería como un seguro de vida…. Un segundo mensaje revelado.

En la mañana entablé una afable conversación con Álvaro que parecía más abierto, quizá purificado por los trajines del viaje y la noche anterior. Le expliqué como se construía una cocinilla y como habíamos construido una hamaca de campo (ligera, impermeable, resistente y antimosquitos). con recursos encontrados en Tarapoto.

Reabastecidos con agua pura y renovados por un frugal desayuno, iniciamos el regreso. No fue fácil la ruta de bajada. En los primeros minutos debimos atravesar el cauce de un riachuelo con una profundidad de unos cinco metros y un largo de 10 mts sobre un tronco de unos 50 cm de ancho. Una verdadera acrobacia, si consideramos las mochilas que llevábamos a cuestas. Cruzábamos un bosque menos tupido, cuando no topamos con una gran CEIBA (árboles conocidos por su gran longevidad, algunos viven más de trescientos años), a la que Álvaro se refirió como COPÁN, el antiguo vocablo Maya para significar el “árbol de la vida”. Ahí estaba el “árbol de vida”, muerto, atravesado en el camino. Que señal tan grande, así se sentía el bosque: “en peligro de dejar de existir”.

El camino tenía exigentes rampas de bajada e innumerables puentes rotos cuyo cruce implicaba un poco mas de esfuerzo. La exigencia fue constante, pero también lo fue la firme decisión de Bree (quien había visto con pena las bolsas de basura bajo la plataforma, demasiado grandes para que pudiéramos bajarlas nosotros solos) de ir recogiendo durante toda la ruta botellas, plásticos y latas dejados por los visitantes…Al llegar a Vista Alegre comprendí gracias a la actitud de Bree, que podíamos hacer algo. Hacernos cargo de nuestra propia basura y educar a otros para que así lo hagan.

Este fue el tercer mensaje…

Esta aventura dejó en mí un remolino de emociones y pensamientos. Reconocí la importancia de este maravilloso lugar para la vida en el valle del Cumbaza y aunque me quedé prendado de su belleza y con grandes deseos de volver, me quedó claro que no se debía abrir indiscriminadamente al público. No me sentí animado a traer grupos de gente, por lo menos aquella que no sabía respetar la vida, que por sus debilidades espirituales no pudiera hacerse cargo de su basura material y moral. NO PODÍA ESTAR MAS DE ACUERDO CON LOS ANTIGUOS, ESTE NO ES UN LUGAR PARA SER VISITADO POR CUALQUIERA. ES UN LUGAR QUE URGE PRESERVAR. UN LUGAR QUE AUNQUE ESTÉ LEJOS, ESTARÁ SIEMPRE CERCA EN MI CORAZÓN.


Escrito por

George Schofield Cavero

Psicólogo Social, especialista en cambio cultural y formación de usuarios. Director de GyG Consultores, constituida en asociación con George Schofield Bonello. Entre ambos atienden una amplia gama de necesidades de consultoría en Cambio Cultural y Desarrollo E


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